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Don Nicolás el veletero

Un oficio en riesgo de extinción

Mérida, ciudad de las veletas:
Cuenta la historia que un 30 de marzo de 1880, es decir hace 135 años, se movió la primera veleta en la ciudad de Mérida, en la casa de la familia Crassemann, quienes fueron propietarios de la gran ferretería “El Candado”. Pocas semanas después y habiendo probado la primera, se anima la familia Fáller y coloca la segunda. Así comenzó la historia de una Mérida llena de veletas; de la capital se fue extendiendo a todos los municipios. «Aquello debió ser muy bonito, de hecho tuve la fortuna de vivir ese horizonte lleno de molinos girando y sacando agua», comenta don Nicolás Aragón Moguel, quien tiene poco más de 70 años de edad y una experiencia de 60 en la instalación y reparación de veletas; comenzó desde los 10 o 12 años y lamenta que ya no haya buenos seguidores de este oficio que califica de muy lindo, le dio la oportunidad de instalar por casi todo el país, llegando hasta Michoacán, allí en una pequeña estancia cercana a Uruapan, de don José Laris ˗qué hombre más amable y bueno˗ le pusimos una hermosa veleta, de las más grandes, su pozo estaba a casi 80 metros de profundidad; don Pepe Laris me dijo: «No importa si no saca agua, don Nicolás, yo lo único que quiero es verla girar y escuchar su ruido suave».

¿Aún quedan buenos veleteros?
Ya somos muy pocos. Yo, por ejemplo, le hago una veleta nueva, la compro retorcida, le saco la parte buena, reconstruyo el motor y la dejo como nueva. Hace poco le vendí cuatro a Alfredo Castellanos, Aermotor pura calidad, es un veleta sencilla que tiene su gran ventaja en el buje… allí radica su magia, yo le recomiendo a mis clientes nunca lo cambien, no importa qué tan gastado esté, yo le pongo más aceite y así lo mantenemos.

¿Aún se pueden conseguir veletas?
Están muy escasas, pero las conseguimos; tenemos muchos contactos con gente que nos lleva a donde están las veletas y no importa las condiciones en que se encuentren, nosotros las reparamos. Hace poco, don Alfredo Dawn, me dijo «Don Nicolás, enseñe usted a más muchachos a reparar las veletas, no se vaya a morir sin dejar escuela; hoy mucha gente está volviendo a instalar veletas, el gobierno no deja de presionar por cobrar más por la luz».

Don Nicolás, instalar hoy una veleta, ¿tiene algo de romántico?
Escuché por ahí decir que las veletas estarán de vuelta, con lo caro que es pagar la luz… Además, se trata de una tecnología que no afecta al medio ambiente y se ve muy bonita en medio de un terreno echando chorros de agua.

¿Sigue siendo la Aermotor la mejor, esa que llegaba de Chicago?
Sí, creo que no hay otra mejor, aunque salieron muy buenas las Fairbanks, pero llegaron pocas, la Azteca, hecha en México, pero no salió buena, la Eclipse y algunas más, pero como la Aermotor ninguna. De hecho, en Monterrey, Felizardo Elizondo fabricó con la marca Papalotes Aermotor una veleta parecida.

¿Cuáles deben ser los atributos de un buen veletero?
Haber aprendido muy bien su labor, ser honrado ˗nada de picardía˗ y como todo buen trabajador, revisar los detalles, alinear muy bien las aspas, ˗algunos por la prisa hasta rompen piezas luego no sale el agua y allí dejan tirado al cliente-. No es fácil que los jóvenes se interesen por este oficio, aquí ya no hay tanto dinero como había hace años, viajábamos a todo el país, hasta pasaje de avión nos pagaban para instalar veletas.

¿Son caras?
Casi todas son reparadas. Según su estado y tamaño, pueden llegar a costar de los 35 mil pesos, hasta los cien mil o un poco más, pero una buena veleta, resuelve el problema del agua y funciona hasta con vientos de 30 kilómetros por hora.

Don Nicolás Aragón ya está cansado, su andar es lento, él dirige la orquesta, supervisa que se coloquen muy bien las aspas, se lubriquen los bujes ˗ya sea aceitable o inaceitable, de todos modos requiere de mantenimiento y aceite cada determinado tiempo˗, analiza el lugar del terreno o rancho donde se debe colocar la veleta, la fuerza de los vientos que significan litros de agua, y al final se queda a constatar que cumpla con la función de extraer agua de las profundidades no tan hondas del Mayab. Trato hecho. Misión cumplida, una veleta más colocada, una raya más al tigre. Ya hasta perdió la cuenta.

Por José Luis Preciado

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