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La historia de un niño jornalero

El trabajo infantil en el campo

Por Por Judith Cristina Candia Sánchez, Consultora AgriCoach

Desde hace más de 7 años me dedico a brindar asesoría, soporte y capacitación al sector agrícola en temas de inocuidad, responsabilidad social y certificación. Como es habitual, vamos a capacitar al personal que se encuentra en cosecha, antes de que ingresen a iniciar sus labores, les platico cómo deben lavarse las manos antes y después de ir al baño, de comer o de ingresar a su área de trabajo, de la importancia de no comer dentro del cultivo, usar las instalaciones de manera correcta y respetar el reglamento, en fin, todas las buenas prácticas agrícolas que hacen que nuestro producto se encuentre libre de algún contaminante cuando llegue al consumidor.

Me encuentro con aproximadamente 150 trabajadores listos, con caras desveladas, pues apenas son las 5:30 am. Sus edades van de los 19 a 45 años, sin embargo, también veo aquel hombre de 75 años que apenas puede sostener el bote que le dan para la cosecha y del otro lado el contraste, veo a un grupo de niños de entre 4 y 12 años que también se encuentran preparados para trabajar, bueno eso dicen sus papás, algunos aún están dormidos y otros intentando mantenerse despiertos mostrándose atentos a los temas de inocuidad.

Durante la capacitación no pude evitar estar atenta a las muecas que los niños trabajadores hacían en su afán de aparentar ser un adulto. Me he encontrado a Crescencio, un niño indígena sonriente con las mejillas color rojo pellizcadas y el cabello lacio como un fideo, con su inocencia intacta y sus ojos que delatan las travesuras que planea para entretenerse. Es tanta mi atención hacia Crescencio, que después de la capacitación me dirijo con él para platicar y conocer su historia.

“Mi nombre es Crescencio, nací y crecí en la Sierra de Chihuahua, en un pueblito muy bonito llamado Cusihuiriachi, tengo tres hermanos, Pedro de 11 años, Juan de 9, Victoriano de 4 y yo de 7 años, mi mamá Juana nos ha criado sola. Mi hermano Pedro me contó que mi papá se fue cuando nació mi hermano Victoriano, desde entonces todos los años viajamos hasta aquí a trabajar en la cosecha de chile y cebolla, así ayudamos a mi mamá a sacar más dinero para comer. El año pasado estuvimos aquí mismo, sólo que veníamos todos, mi hermano Victoriano también estaba -lo dice con su rostro triste- él tenía 4 años, los acababa de cumplir, el primer día de trabajo estuvo ayudándome a poner chiles en el bote, era muy trabajador, pero también muy travieso, salía y entraba a los surcos cuando se aburría. El lunes que llegamos a trabajar, así como hoy, desde tempranito, Victoriano como a las 9 se aburrió y se fue a jugar solo, como a las 3 de la tarde fui a buscarlo, porque ya hacía hambre y mi mamá nos habló para comer, lo busqué por todos lados donde le gustaba esconderse a jugar, pero nada, regresé a decirle a mis hermanos y a mi mamá, y nos fuimos a buscarlo. Mi mamá Juana dijo que lo encontró dormido y no respondió -dice llorando- se había tomado agua de un bote que estaba tirado, dicen que era veneno para matar las plagas. Lo extraño mucho y quisiera que estuviera aquí con nosotros para jugar”.

Aquella historia me llegó hasta los huesos, y es que: ¿Porqué tienen que estar los niños trabajando a esa edad? ¿No deberían estar estudiando? ¿Por qué la empresa estima la “buena temporada” solamente fijando las ganancias y NO en brindar condiciones seguras para los trabajadores y sus hijos? ¿Qué hacía un bote de veneno al alcance de él? Y muchas más preguntas que retumbaban en mi cabeza, y como esa historia existen más, de las familias de jornaleros que llegan con la ilusión de un mejor mañana.

El sector agrícola en México genera cada año miles de empleos durante la temporada de producción de frutos y hortalizas. Para estos cultivos la mano de obra de los jornaleros es imprescindible para realizar actividades de siembra, trasplante, limpia, poda y sobre todo cosecha aún con toda la tecnología actual.

Durante décadas los productores de Chihuahua buscan mano de obra que les permita solventar las actividades más fuertes durante su producción, es ahí donde el sector rural más vulnerable logra obtener ingresos que les ayudan a cubrir sus necesidades básicas.

COAGUAYANA, MICHOACÁN, 26ABRIL2015.- Niños y jóvenes jornaleros trabajan en la pisca por 50 pesos al día aproximadamente, algunos de ellos provienen junto con sus familias de otros estados de la republica como Guerrero, Oaxaca y Chiapas, teniendo que soportar varias horas de trabajo para asi poder sobrevivir el día a día. FOTO: JUAN JOSÉ ESTRADA SERAFÍN /CUARTOSCURO.COM

Cada año miles de jornaleros del sur del país y lugares de alto grado de marginación emigran a las zonas agrícolas en busca de trabajo dentro de la cosecha de chile, cebolla, nuez y tomate. Estos jornaleros llegan a trabajar en familia, pues entre más de ellos trabajan, más dinero reúnen, entre ellos muchos niños como Crescencio y Victoriano, que llegan sin más intención que apoyar a su familia para obtener el pan de cada día.

Aunque actualmente muchas agrícolas prohíben la entrada a infantes al área de cultivo, esto lo hacen por inocuidad en el producto, más que por cuidado infantil, ya que un niño no tiene la conciencia para adoptar políticas para proteger la higiene de los productos como evitar fluidos, excremento o actividades como lavado de manos, no tirar basura, entre otros. Sin embargo, muchos de estos niños siguen en la instalación, solos, buscando en qué entretenerse y viendo la oportunidad de entrar a apoyar a sus familias en el trabajo, y es ahí donde se pone en riesgo su integridad.

En los últimos años se han creado y reforzado las normas con la intención de proteger al jornalero y a sus familias, las empresas del sector agrícola están siendo obligadas a crear espacios dignos y seguros para sus trabajadores, principalmente de los hijos e hijas de los jornaleros.

Actualmente, aunque la ley no ha logrado erradicar el trabajo infantil por completo, ha creado acciones que pretenden proteger y dar una mejor calidad de vida a los infantes. Un ejemplo de ello es el DEALTI (Distintivo de Empresa Agrícola Libre de Trabajo Infantil) que busca distinguir a todas aquellas empresas del sector agrícola que hacen algo más allá de lo que la ley menciona para salvaguardar la vida de los menores, este distintivo permite a las empresas destacarse, con ello abarcar aquellos mercados que buscan adquirir productos que fueron cosechados con Responsabilidad Social.

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