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“Mamá nunca dejó sin flores la foto de Pedro Infante”

Por José Luis Preciado

Cuenta la leyenda que Pedro Infante no murió en aquel accidente aéreo del 57. Testigos dignos de crédito juran que vieron con sus propios ojos que un hombre se levantó de entre los rescoldos llameantes de la aeronave; trastornado y errático, se marchó lento como un bolero hacia el sur, a esconderse en las cavernas de un cenote.

Dos de esos testigos se ganaron su confianza e hicieron contacto con él y así, jurando guardar el secreto de su inmortalidad, acudían prestos y con regularidad franciscana a proveerlo de viandas y ropajes dignos de aquella estatura.

Allí, escondido del mundo y tomando sopa de lima, Pedro Infante de apenas 39 años de edad, se reconstituyó, recibía noticias del más acá, más de una vez sintió deseos de mostrarse, gritarle a la vida que existía, que era de carne y hueso, se contenía ante la creciente confirmación de su leyenda.

Paso a paso comprobó: Vivía intensamente en los corazones de todos, al menos así lo decían los locutores de radio en cada homenaje.

Al lado de sus dos patrocinadores, tuvo una idea: disfrazarse, así nadie lo iba a descubrir. Les recordó a los dos: No hay mejor disfraz que andar a la vista de todos, así que Pedro Infante se disfrazó de Pedro Infante, lo hizo tan creíble que muchos llegaron a pensar que se trataba del Pedro auténtico. Bigotes recortados y elegantes, estatura media, voz de tenor operístico, seductora picardía… bueno, hasta portaba la esclava de oro, que muchos juran, sirvió para identificar el cuerpo calcinado del Pedro caído. Los dos sabios le recomendaron que debiera ser creíble, pero con los defectos de un imitador, esto es cierta barriga, buena voz pero no soltarla del todo; es decir, para creerle había que mentir, a Pedro no le agrada tanto eso pero bueno, ése era el precio por salir de nuevo al mundo.

Señoras y señores, queda con ustedes la voz gemela de Pedro Infante, el imitador del Pedro Infante, así lo vieron en palenques, ferias, fiestas patronales, homenajes y hasta en cumpleaños particulares; le hicieron entrevistas en radio, un locutor le preguntó qué se siente sentirse Pedro Infante por unas horas, conteniendo el coraje y las ganas de soltarse, Pedro se contuvo y respondió: Se siente bien padre, es como cumplir el sueño de encarnar a un gran cantante, mirar cómo lo quiere la gente, para luego volver a casa como José o Juan… se vale soñar…

Cada tanto el público de los bares y cantinas recibía cariñoso al imitador de Pedro Infante, copa tras copa ese público cerraba los ojos y se imaginaban al Pedro real. Mientras cantaba, Pedro los observaba y entonces metía un gallo, un olvido de letra, nasalizaba la voz, de pronto desentonaba, alguna frase resbalada impropia del original, la gente abría los ojos y seguía con lo suyo, para luego aplaudir el esfuerzo.

Pedro se colaba en las fiestas hogareñas, ya que le gustaba tomarse una cerveza, un ron, un café cargado, se vestía con gastados trajes de charro, aparentaba limitación económica, eso causaba empatía con los anfitriones; a Pedro le hacía feliz mirar la huella imborrable de su nombre en cada casa, allí están sus discos, fotografías, la gente se sabía todas sus canciones, las cantaban a coro. Bodas, bautizos, cumpleaños, todas empezaban o terminaban con Pedro.

Cuántas ganas tenía de gritarle a los cuatro vientos: Aquí estoy vivo, pero se contenía ante el temor de romper ese delgado hilo de la memoria… destruir la memoria de sus recuerdos, asustar a los perpetuadores de su nombre, incluso ante el riesgo de que nadie le creyera que él era Pedro Infante. Tal que se conformó con mirar, cantar, enternecer, evocar.

Así, de fiesta en fiesta, llegó una tarde de domingo a mi casa, mi madre le abrió la puerta, le saludó agradecida y le hizo pasar a la sala; sobre la consola reposa una vieja fotografía de Pedro sobre una moto, “A Toda Máquina” se llama la película con Luis Aguilar, debajo de la imagen, un vaso con flores siempre frescas que desde toda la vida mamá coloca en ese santuario; Pedro la mira complacido, pero triste, es inútil, todos lo creen muerto y quizás sea tiempo de morir… en eso, un niño loco de diez años corrió a darle un abrazo y a gritarle a todos que la fiesta comenzaba, pues ya había llegado Pedro Infante, como su madre le había prometido: Vendrá Pedro Infante a cantarte las mañanitas. Allí, supe que Pedro Infante vive, colocó en sus brazos al niño, caminó unos pasos, tomó el micrófono y les juro por mi madre que era Pedro Infante, el de los discos, el de las películas.

Lo juro por Dios, yo era ese niño, al que nunca nadie logró matarle a su ídolo; si te vienen a contar cositas raras de mí, manda a todos a volar…

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