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Me atrapó el rancho

Me atrapó el rancho

Cuando sientes que se reventó el barzón y sigue la yunta andando:
una vez que la tierra te llama, no te deja ir

Cuando busco historias de éxito llego a lugares que en lo personal desconocía y, es el cómo viven el día a día, el éxito de sus narrativas lo que me lleva a un mundo de esfuerzo, dedicación e incluso lágrimas. A César lo conocí en una ferretería donde realizábamos un trabajo. Ahí, nos observaba con curiosidad. Me acerqué para regalarle una de nuestras revistas, y hasta ahí quedó. Después de varios meses llegó a nuestra oficina, lo atendí y me solicitó algunos ejemplares pasados mientras me explicaba que las coleccionaba.
¿Jorge? Me preguntó -sí a sus órdenes le respondí-, no me recuerdas pero nos conocimos hace tiempo. Lo noté como una persona de ciudad con cierto dejo de dedicarse al campo y esto porque me llamó la atención su interés por los contenidos y el gusto por llevar las revistas a casa.

Por Jorge Alanis Zamorano

¿A qué se dedica si no es indiscreción? –pregunté-; trabajo aquí en Mérida en una empresa sin embargo –con mucho orgullo en su rostro- tengo un rancho con mi tío que poco a poco hemos echado a andar y ahí vamos, cuesta mucho trabajo pero… vamos bien.
Su historia, en este caso –creo firmemente- me encontró a mí y no esperé más, le solicité sus datos y prometí buscarlo para conocer de eso que me enganchó “cuesta trabajo pero vamos bien…”
A Dios rogando y con el mazo dando

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Allá en Kiní, cerca de Motul, está el rancho San Pedro, patrono del mismo y según nos dicen es el verdadero dueño pues con su permiso las cosas se han dado según lo previsto.
Con la experiencia del tío Cándido, administrador de empresas, y las muchas ganas de César, se conjuga lo necesario para comenzar una historia:
César, con la inquietud de mejorar sus condiciones y verse en el progreso económico de una idea, trata de comprar un pedazo de tierra y unos cuantos borregos. Por su parte, el tío Cándido, heredó de su padre tierras dedicadas al henequén en su tiempo y según nos indica, difíciles para que se dé el pasto, convence a César para que juntos inicien con vacas en sus tierras.
La odisea comienza cuando tienen que hacer llegar agua, por lo que ellos dos en una parte y en otras ocasiones contratando gente, comienzan a colocar sus tubos y aspersores no sin antes limpiar el terreno. Poco a poco, invirtiendo su tiempo y cada dinero que les caía, enfrentando diversas dificultades, incluso, sacrificando a su familia, han fomentado ese sueño.

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César nos dice: La familia prefiere que pase más tiempo con ellos…, sí nos apoyan y bastante pero tenemos dificultades porque los sábados y domingos estamos aquí y en cierta forma abandonamos el hogar.
Don Cándido alinea la idea: Estar acá no es cómodo. Es bonito, agradable, pero no tienes lo que hay allá en las plazas comerciales con aires acondicionados. Acá, en el rancho, te estas quemando, sudas mucho. Las actividades de nuestra familia son exactamente lo contrario. Definitivamente ellos sienten atracción a esto, pero de lejos. Lograr que alguien que no conoce esto y que no siente un gusto resulta muy difícil. Cuando vienen están felices, se relajan, celebramos, pero hasta ahí. Al final tratamos de compensar con calidad y no con cantidad.
Al reflexionar César sobre estar en la ciudad o en el campo indudablemente reacciona con un “me gusta estar más aquí” pues le es agradable y el calor es distinto comparado con el que se siente estando en el asfalto de la ciudad.

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Ambos ven con satisfacción el crecimiento de su esfuerzo, tras cuatro años de sembrar algunos árboles frutales ya se dan el gusto de ir y bajar su trabajo para llevárselo a la boca con gratitud. Y es que esa manera metódica y estrictamente calendarizada, pensada a conciencia del tío, quien –me atrevo a mencionar- no se quiere dar permiso a fallar pues está consciente que el tiempo que tiene ya no es el mismo que tiene César, incluso ya han crecido en tierras y trazándolas poco a poco van avanzando en camino casi a machete para cristalizar ese sueño mutuo. ¡Ah, qué bonito es lo bonito! He escuchado en varias ocasiones y es ahí cuando comprendí el verdadero significado de eso tan mexicano. ¡Qué chulo está su rancho! les comenté y se miraban entre ellos con orgullo. Otra cosa que nos hizo sentirnos bien fue la sencillez que mostraban y la emoción de platicar sus andanzas, por ejemplo, nos decían que sus animales, así como el rancho son tratados con mucho cariño, tanto que hasta las vacas se acercan curiosas y se dejan “apapachar” por sus dueños. ¡En verdad!, entre mi compañero de cámara y su servidor, nos decíamos “mira parecen perritos, se acercan sin problemas…, casi mueven sus colas”. Orgullosos entraban y caminaban entre sus vacas, les hablan, las acarician, cada una tiene nombre…

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He pensado en tirar la faena

Le pregunté a César si en algún momento, en tiempos difíciles, cansados, de calor… le daban ganas de tirar la toalla y abandonar el proyecto. Se quedó callado, bajó la mirada y respondió: sí, sí me han dado ganas de irme. Hay complicaciones, escases de lluvia, falta de dinero para invertir, aquí se han ido vacaciones, aguinaldos… y sí, se han dado las ocasiones en las que he dicho: ya no más… Pero luego llegas al siguiente sábado y te encuentras con novedades como que nacieron becerros o que el árbol de papaya ya está dando o el de zaramullos… César rompe en llanto, toma aire levanta su rostro y me dice: decides quedarte, definitivamente decides quedarte y, eso es lo que me ha mantenido aquí.
Es en ese momento –creo- cuando sientes que se rompió el barzón y la tierra te llama de vuelta, no te deja ir. Ahora comprendo algunos otros conceptos del éxito y es que cuando crees claudicar, las raíces, el esfuerzo, las lágrimas, la familia y el firme convencimiento de que la ruta de vida que has tomado es la correcta. La meta es atreverse y triunfar en un principio sobre uno mismo, después… lo demás, el resto… la tierra te lo va dando de poco en poco para no ahogarte, para que te quedes.

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