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Sembradores

Hace un tiempo le dije al primo José Barreto que la vida debería empezar en el campo y no terminar en el campo, -en el fondo me lo decía a mí mismo-. José ha hecho caso y se fue al rancho a cultivar los más ricos y jugosos pepinos, lo hace al menos los fines de semana y en cada puente que le es posible.José es un alto ejecutivo de una empresa en el DF, pero su corazón está dividido entre su pasión al campo y su fuente de ingreso, pero solo hay que verlo cómo se transforma, se vuelve joven, su ser cobra vida, allí en el campo en donde ordeña vacas, se convierte en vaquero y se zambulle en el río. Pero llega el tiempo de volver a la gran ciudad, de regresar a la realidad, su modo de vida, no su vida, allí el efecto es el contrario. Espera un día dejar la ciudad y quedarse allí donde está su corazón.

Entre los sueños y la realidad:

Esta historia entre el ideal de vida y la realidad de vida se parece mucho a la que me compartió con un tono humorístico Juan Medina de Mérida. Un día su papá los reunió a todos para definirles su destino: “María, a ti se te da muy bien el dibujo, creo que puedes ser arquitecta; Jorge, tu no pierdes una discusión, eres un reclamador nato, así que deberías ser abogado; en cuanto a ti Juan, ¿qué podemos hacer contigo?, ah, ya sé, como no sirves para nada, te vas al rancho”.
Juan lo tomó con filosofía, le agarró cariño al campo y a los animales, pero que era el colmo que todo aquello que en la ciudad estorba en el campo pueda servir, allí mandan el refrigerador usado, la cama vieja, el ropero sin patas y todo aquello que ya dio su vida útil.
Juan sin querer nos cuenta del poco interés que representa para muchos mexicanos el sector rural. En otros países es la fuente de vida económica, allí a los productores se les ve como empresarios, tienen instituciones de crédito, como bancos especializados en cada sector, realizan encuentros de negocios, incluso hasta juegan golf.
Juan no quiere repetir la historia en sus hijos, los mandó a estudiar a Mérida, uno de ellos logró graduarse de médico veterinario; por fin un hijo que no sólo ame al campo, sino que esté profesionalmente preparado para hacerlo rendir. Sin embargo, la sorpresa de Juan fue mayúscula, su hijo que lleva su mismo nombre, se quedó en la ciudad a curar, cruzar y peluquear perros de raza. Juan padre, se volvió a quedar sólo, aún así no pierde la esperanza.

Por José Luis Preciado

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