Ser pobre da mucha pena

Soy de rancho, por lo tanto sé muy bien lo que cuento

 

Hace poco, -en noviembre-, volví al terruño, con la ilusión de comer elotes tiernos sancochados, el reencuentro con la nostalgia fue ingrato, las tierras ya estaban dedicadas al agave, picos e hileras interminables de mezcaleras cubrían los cerritos, la vocación cambió y la tierra volvió al capital.

 

Uno de mis hermanos, comentaba que ya no era necesario cultivar la tierra, que ganaba más no haciendo nada; “mira vale, llega el gobierno y nos da becas educativas para los niños que van a la escuela dos veces a la semana por que el maestro viene cada que quiere, yo tengo mi programa 65 y más, mi vieja también, hay apoyos para las embarazadas sin pareja, luego vienen las campañas, algunos apoyos extras del municipio, cortamos algunas yerbas en la escuela, recogemos pepinos y tomates de desecho en los grandes invernaderos israelitas y la mera verdad, ahí la llevamos”.

 

A los mexicanos nos han enseñado las cosas al revés, hemos vivido bajo aquella maldición de que “más vale ser pobre, pero honrado” al mismo tiempo que nos siguen recitando los Diez Mandamientos que van de la mano con la estrechez, sencillez y el valor de la familia, en algunas cosas se puede estar muy de acuerdo, en la mayoría no, porque nos vuelven conformistas, incluso acríticos con la vida y la gobernanza.

 

Hace algunos años me tocó levantar el censo nacional de población y vivienda; cuestionario en mano llegué hasta hogares muy precarios de una comunidad indígena de Jalisco, allí les pregunté sobre su situación económica, condiciones de vida, ingresos, número de familiares que habitaban la vivienda, etcétera, noté que tenían mucha pena al contestar las preguntas del ingreso económico, había un patrón casi general, ellos no se sentían pobres, salvo si las preguntas eran para asignar recursos o apoyos, entonces sí manifestaban sus carencias, pero como aquello era un vil censo, la mayoría respondía que había gente más pobre, allá cañadas más abajo… ¡para pobres los del rancho vecino, esos sí que no tienen ni en que caerse muertos!…

 

A decir verdad, pude comprobar que a la gente le da mucha vergüenza ser pobre, se sienten muy vulnerables a la pena ajena, a una lástima colectiva, frágiles y faltos de carácter, hombres caídos en su masculinidad de proveedores, mujeres tristes y cansadas de la vida que llevan, seres marginales que están fuera de todo, sólo números.

 

¿Se ha fijado usted en la expresión de sumisión y tristeza con la que la gente pobre recibe los apoyos y donativos que les da el gobierno?… hacen enormes filas donde exhiben sus rostros, cuyas miradas se clavan en el piso, ¡Dios mío que pase esto pronto, no quiero ser expuesto a tantas miradas de esos políticos que nos regalan cosas y quieren tomarse la foto conmigo!…

 

Estudios de la Universidad de Oxford, indican que las personas que se enfrentan a problemas económicos, -incluyendo los niños-, notan un ataque casi idéntico a su orgullo o autoestima. Existe una clara evidencia de que los programas políticos de ayuda y apoyo a los más necesitados en cualquier parte del mundo, nunca toman en cuenta a la vergüenza como un factor, más bien suelen atender a la cuestión de ingresos y educación, el resultado es lamentable porque nunca se toma en cuenta la idea de discapacidad que estos programas generan, según este estudio la psicología de la pobreza, es una interacción entre las fuerzas sociales y actitudes y comportamientos individuales, por lo tanto se debe poner énfasis en ese estado de ánimo que la vergüenza ejerce sobre la miseria.

 

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Además hay otros ingredientes como el orgullo ante la dádiva, la deshonrosa sensación que da extender la mano y saber que es una necesidad aceptar esos apoyos. El estudio de Oxford muestra que la vergüenza es uno de los motores de la miseria absoluta, incluso mina la percepción de que se puede salir adelante con esfuerzos propios, de tener sueños y aspiraciones personales. Hay estudios serios que indican que muchas mujeres han dejado de ir a las clínicas rurales o sitios de apoyo médico, debido al trato humillante que recibían del personal, mismo que les hacía sentir “indignos de tanta ayuda”.

Por José Luis Preciado

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