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¿Somos lo que comemos?

La nutrióloga Adelle Davis, afirmaba: “si una mujer quiere matar a su marido, puede hacerlo desde la cocina, la policía no se molestaría en investigar”. Davis acierta si consideramos que lo más rico, es lo más dañino: grasas, azúcares, procesados y transgénicos pueden ser armas al servicio del crimen perfecto.

No mata el veneno, sino la dosis
Hace poco el Municipio de Mérida, organizó el Festival de la Chicharra. Hasta el barrio de Xcalachén llegaron diez mil personas urgidas de una bomba calórica, allí había castacán, xix de cebo y otras delicias envueltas en tortillas y pan francés, chile habanero y para que amarre una Coca Cola bien fría. Esta dieta dominguera, continúa los lunes con el frijol con puerco, los martes, miércoles, jueves… esto al final de cuentas es comer muy sabroso, pero muy malo para la salud. Yucatán padece los primeros lugares en obesidad de la población en general y ahora ya número uno en infantil.

Por José Luis Preciado

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“De algo hay que morirnos”, una frase muy común entre nosotros, que busca disculpar nuestro gusto por las grasas, pero que al final no nos lleva a morir de golpe, sino lenta y tortuosamente y en ocasiones hasta en retazos.
En Yucatán comer, es el verbo natural más compartido a voz en cuello, mucho antes que presumir un bien o logros sociales y académicos, nos gusta contar con detalles lo que comimos y vamos a comer en los próximos minutos, también compartir los mejores lugares de tacos, tortas y asados, puestos de cochinita y lechón que no tiene desperdicio, allí vamos todos a doblegar a la báscula que navega en un marcador incierto de kilos y kilos de excedente graso. Sí hay temor, pero pesa más esa idea de que comer hoy que se puede y no mañana que el doctor te lo prohíba, incluso nuestros doctores también van a los mismos templos paganos del exceso.

Comer bien se ha convertido en una obsesión, a tal grado que los cocineros, -hoy chefs-, se han convertido en estrellas de cine, Internet y televisión y sus recomendaciones son como guías de vida sana. Además, las recetas de la abuela se han vuelto el alma del restaurante, toda vez que se cocina menos en casa, amén de que ahora se trasladó la cocina al sillón y desde allí miramos en la pantalla televisiva un concurso de cocina sin saber cocinar ni un par de huevos fritos.

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Hace poco me invitó una familia a comer, la mesa bien dispuesta, una rica ensalada de lechuga con pepino y aderezo ranchero, al centro de la mesa un pollo color sepia del tamaño de un pavo, aquella ave se miraba como “Boogy, el aceitoso”, la señora de la casa presumió que en Sams lo había conseguido muy económico y era importado, se bendijo la vianda y a hincarle el diente. ¿Ha comido alguna vez cartón prensado?… Yo tampoco… pero a eso sabía, los presentes disimulamos de la manera más diplomática al pollo y nos acabamos la ensalada. Ese pollo debió haberle dado la vuelta al mundo, ensartado en la manivela del rosticero de la tienda.

Ruralidad en medio de la contradicción

De nada han valido los mensajes sobre prácticas gastronómicas sanas, hacer ejercicio, comer menos grasas, tomar agua natural o de frutas locales y de temporada, si hacemos todo lo contrario. Cuando el gobierno inaugura sus caminos saca cosecha, los primeros en llegar son camiones cargados de apetitosas papas Sabritas, refrescos embotellados, galletas, pastelillos Bimbo, la seducción es infinitamente superior a nuestras ganas de vivir sanos y así se nos va la vida en interminables dolencias que ya no resiste el Seguro Social o Popular. No se trata de prohibir, más bien de educar desde muy niños, porque hoy ya entrados en años, no tenemos tanta lucha.

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