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Transgénicos usados por 18 millones de productores

Un debate que apenas inicia: usar o no semillas genéticamente modificadas para alimentar al mundo cuya población se incrementa a pasos agigantados, 9 billones de humanos para el 2040.

Por Alberto Banuet
ranchobuenavista@gmail.com

Desde su aparición en 1966, los organismos genéticamente modificados avanzan casi al mismo ritmo con el que crece la población. Hace poco, el informe rendido por la ISAAA (siglas en inglés que significan Servicio Internacional para la Adquisición de Aplicaciones Agrobiotecnológicas), sostiene que en el 2013, 18 millones de agricultores sembraron 181 millones de hectáreas con cultivos transgénicos, esto sólo en 28 países.
Es interesante el dato; de esos 18 millones de agricultores, el 90% vive en países emergentes en vías de desarrollo y son pequeños productores.
Evidentemente los transgénicos se usan en comodities como el maíz, algodón o soya -no hay que olvidar que, finalmente, son un negocio-, pero también se usan en frutas como la papaya o en hortalizas como la papa y la berenjena.
Las modificaciones a la genética de estas variedades se enfocan a la tolerancia o resistencia a insectos, enfermedades o sequía, a la vez que tratan de mejorar la calidad y el rendimiento. Dicho de otra forma, el uso de estos cultivos le da sustento a la actividad, a la par que responden a los retos alimentarios y de cambio climático.
Desde luego quien lidera la producción de transgénicos son los E.U. con más de 70 millones de hectáreas, lo siguen de cerca Brasil, Argentina con la soya, Canadá y la India.
Como es de esperarse, en Europa continente, en el que se cultivan alrededor de 143 mil hectáreas, hay un gran debate que sobrepasa lo económico y ambiental para posarse sobre cuestiones políticas. El tema soporta presiones muy fuertes de organizaciones ambientalistas, al grado que el parlamento europeo, con el voto de 480 diputados, decidió dejar la decisión del uso de transgénicos en manos de cada país miembro.
En este tema hay mucha ignorancia que aprovechan agoreros del desastre que pronostican malos presagios sin poder comprobar daños o calamidades; mientras que, por otro lado, los beneficios son evidentes, empezando por el mejoramiento de los ingresos de los productores que los usaron, mejoría en las exportaciones de los países que tuvieron excedentes gracias a su uso y para los consumidores, particularmente los más pobres, la garantía de tener que comer a precios más accesibles.
En resumen, el informe cita que en 20 años de uso de esta nueva tecnología, el uso de plaguicidas y de insecticidas se redujo en 37%, se aumentaron los rendimientos en 22% y los ingresos de los agricultores aumentaron 68% y con esos números es muy difícil discutir en contra.

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