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¡Y nos hicimos agricultores!

Por Alberto Banuet A.
ranchobuenavista@gmail.com

¡Quién lo dijera! el Oriente del Estado está cambiando su fisonomía a pasos agigantados y en silencio, casi pasando desapercibido para muchos que han vivido aquí toda su vida y escapándoseles la oportunidad de meterse de lleno al mejor negocio del siglo XXI.
Qué tiempos aquellos cuando blanqueaba el ganado en las fincas, cuando había ganaderos que sabían lo que hacían, eran rancheros de tiempo completo y de todo terreno, pero de esos pocos quedan.
Hoy cada jueves vemos como se vende un rancho en la subasta de Tizimín, 400 animales en promedio y no se gastan, porque nadie atina en el inventario ganadero del Estado, la Ugroy, que está en la luna y es el peor informado, los del Inegi no concuerdan con el primero y los despistados del gobierno del estado no concuerdan con ninguno de los dos anteriores, entre los tres no dan una, mientras la realidad, terca que es, acusa el inicio de la escasez que se refleja en el precio del ganado en pie, el más alto en la historia.
Ya tendremos tiempo para arrepentirnos del descuido en el que hemos dejado a la ganadería, actividad que perdió dos generaciones que todavía viven de lo que hizo el abuelo, que aprendieron a gastar, pero no a trabajar.
Sin embargo, mientras eso sucede, llegan los agricultores, esos señores en “pick-ups” de diesel, remolques, trilladoras y tractores que saben que para el 2025 habrá un billón de personas más en el mundo, a los que no sabemos cómo vamos a alimentar, que necesitaremos el caudal equivalente a 20 ríos Nilo para sembrar y producir los alimentos que eviten conflictos de pronósticos fatales y que en pocos lugares del mundo, como en el subsuelo yucateco, se puede encontrar esa cantidad de agua a profundidades razonables.
Eso no lo inventaron o intuyeron los agricultores, lo consignan estudios tan serios como el reporte “The Global Water Crisis”, elaborado por las Naciones Unidas.
La comida y el agua serán las armas más poderosas de este siglo y en Yucatán existen todos los elementos para aprovecharlas, de no ser así, no se estarían gestando las multimillonarias inversiones en plantaciones forestales de teca y cedro, siembras de soya, maíz, sorgo y agaves, de neem, plantas ornamentales, viveros, chiles y otros cultivos en tierras a precio de regalo comparado con otras partes del país.
Desde luego hay proyectos fallidos como el de la jatropha, pero quienes compraron esas tierras, tarde o temprano las dedicarán a otra cosa y fallan en buena medida porque no hay orden ni dirección o cuando menos sugerencias oficiales y no las hay porque simplemente quienes están en el área correspondiente no conocen.
México adolece de un verdadero programa de desarrollo agropecuario, Yucatán no escapa de esa falta de visión. Repartir coas, bombas de mochila, herbicida o mangueras está bien, hay que hacerlo pero desde la perspectiva de desarrollo social, no agropecuario.
El gobierno del estado tiene la obligación de orientar, promocionar inversiones en el campo, otorgar asistencia técnica agropecuaria, hacer extensionismo, elaborar programas junto con los productores que en verdad produzcan alimento de forma masiva, ver cómo pueden asistir a los agricultores que no tienen acceso al crédito pero que tienen tierras con potencial para producir, apoyar a las agroindustrias o tan siquiera ir a empolvarse un poco y saludar a los que, aunque sean de fuera, se están rajando el cuero en Yucatán y conocer los grandes e importantes proyectos del Grupo Milenio o los de Poncho Romo e invitarlos a seguir invirtiendo aquí ¡darles un poco de calor humano pues!
Si lográramos entender que quienes vienen de fuera a invertir y a trabajar son aliados y no tratáramos de aprovecharnos de ellos o recibirlos como enemigos, que es una actitud común y persistente, la mejoría económica de la población que depende del trabajo del campo se reflejaría más pronto, amén de que seguramente llegarían más inversionistas.
Hoy ya es común ver gente de fuera con sombreros vaqueros y otros con gorras que tienen nombres de semillas, menonitas y hasta orientales, camionetas con logotipos y placas de Nuevo León, Veracruz, Tabasco, Puebla y Jalisco. Gente moviendo tractores y ganado, otros surtiendo papaya, limón o miles de elotes a la Riviera Maya.
Piense en esto, maquiladoras ya no hay, los nuevos inversionistas ahora están en el campo, ellos no pueden levantar sus árboles y siembras y largarse como lo hicieron los dueños de las maquiladores, ven una oportunidad a largo plazo, una que los yucatecos no están aprovechando.
En fin, este cuento confirma la sabiduría popular que dice… en casa del herrero, azadón de palo. Ojalá los inversionistas locales abran sus ojos y chequeras a tiempo.

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